Artes y Letras
Publicado el domingo 11 de mayo del 2008

By Adriana Herrera
Especial/El Nuevo Herald

La exhibición “Nueve artistas emergentes de China,” en Virginia Miller Gallery, se inscribe dentro de ese despertar del dragón que es la vanguardia artística china y la creación de un fenómeno de mercado que supera el furor que en los ochenta provocó el arte ruso. A partir de un momento preciso, señalado por la historiadora Karen Smith—la masacre de Tiananmen de 1989—se desató el ansia de traspasar las fronteras geográficas, polí ticas y estéticas después del largo perí odo de represión que supuso el cierre de las facultades de arte y de las universidades durante la Revolución Cultural. Más allá de si el grupo de artistas exhibidos repite o no el fenómeno de esos artistas anónimos, hoy célebres y millonarios como Zhang Xiaogang, o Yang Fudon, sus obras son reveladoras.

Liao Zhenwu retrata la vida en la población de Sichuan, donde no es posible movilizarse en bicicleta, y el ritmo frenético produce un nuevo tipo de centauros: los hombres encaramados sobre motocicletas. Sus pinturas captan, con trazos expresionistas casi abstractos, un drama humano descrito en la imagen de multitudes amorfas, confundidas entre cielos grises y gruesas pinceladas de tonos sombrí os.

La teatralidad es un rasgo interesante que se aprecia también en la pintura de Liang Haopeng, Stolen Bicycle. Cinco hombres miran de frente, agrupados en torno a una bicicleta, algunos con los puños alzados, el torso desnudo, en actitud de protesta o defensa. Los rasgos son casi naturalistas, pero en vez de la descripción de un lugar de fondo, impera la gestualidad del grupo humano en torno a un solo objeto: la bicicleta robada, que remite a una infinidad de posibles narrativas vinculadas al combate de la supervivencia.

En las pinturas de Zhu Yan, hay una violenta ironí a polí tica que recurre al movimiento del cartoon japonés que se expandió en los años 80. La repetición de la misma figura humana en una pintura humorí stica como I Love Tiananmen Square, donde un coro masculino se presenta en la escena de un teatro que es el palacio imperial conocido como ”La ciudad prohibida”, alude al grito contra la uniformidad que se acalló en la masacre. El dramatismo está contenido y eso aumenta su eficacia.

En los retratos casi hiperrealistas de Wang Limin, quien tuvo un show individual en Pickled Art Centre en Beijing, la primera impresión es la de estar frente a bellos modelos femeninas. Pero sus trajes son los uniformes del perí odo de la Revolución Cultural y las orquí­deas o las flores—pintadas de forma borrosa—en el trasfondo o prendidas como una medalla en el pecho, que usualmente representan en la cultura la felicidad de la primavera, se convierten en imágenes paradójicas, tal vez metáforas de esa terrible felicidad instaurada como consigna por un partido político.

Las representaciones de la mujer también reflejan una tensión entre opresión y mecanismos de liberación. En la poderosa pintura de Cui Jin se ve una mujer cubierta por un velo rojo pero con la boca indiscretamente abierta. Aunque el cuerpo está completamente vendado tiene los pies desnudos y libres de atadura. Como se sabe en la cultura ancestral china a las mujeres nobles se les vendaban los pies para que no crecieran y no pudiera caminar por sí  solas.

Li Jia pinta otro tipo de paradoja: la glamorosa mujer vestida de un rojo seductor con las piernas cruzadas, y los pequeños pies calzados de zapatos rojos, está vinculada a una espinosa flor roja por un hilo que termina en gotas de sangre que brotan de la palma de la mano o de sus rodillas.

Las ataduras a una cuerda que convierten las figuras en marionetas están presentes en la obra de Liu Qi Ming, donde las figuras humanas penden en un horizonte gris y desolado. También es gris el trasfondo de los retratos de lánguidos personajes de He Zubin que comunican intensas cargas emocionales. Serí a fascinante analizar los valores otorgados al gris y al rojo en esta serie de pinturas.

La obra de Liao Yibai, la única escultura del grupo, marca un punto aparte tanto por su historia como por su proyecto estético. Nacido en una fábrica de ingenierí a quí mica militar donde trabajaban sus padres, estaba en la escuela cuando ésta estalló con ellos adentro. Sus esculturas en acero tienen el nombre de su perro San San y constituyen una imagen que no sólo alude al estallido del mundo grabado en la memoria de su infancia, sino al espejo de la vulnerabilidad del planeta. De hecho él instala su personaje—con alas flamí geras, una cabeza que asemeja el globo terráqueo, y una figura pequeña—en lugares públicos que se reflejan en el cuerpo de San San, convertido en una especie de ángel que funde las imágenes beatí ficas de la iconografí a budista con alusiones a mundos que estallan. Liang Haopeng y Liu Qi Ming, son otros de los artistas de esta exhibición que trae a Miami el arte emergente de una China en transformación.

‘Nueve artistas emergentes de China’, en Virginia Miller Gallery. Hasta el 2 de junio.1 69 Madeira Ave., Coral Gables. (305) 444-4493.

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