by Alfredo Triff
ARTES Y LETRAS
Especial/El Nuevo Herald

Humberto Castro

Fábulas contemporáneas es la última muestra de Humberto Castro que acaba de abrir en la ArtSpace/Virginia Miller Galleries, de Coral Gables. Además de sugestiva –por el alcance de su material temático–, la exploración simbólica de esta serie de óleos, ofrece la oportunidad de contrastar el trabajo siempre cambiante de este artista cubano-francés-americano.

Nacido en 1957 y miembro importante de la llamada ”generación de los 80” en Cuba, Castro viaja a París en 1989, hasta 1999 cuando, en segundo exilio, se muda para Miami. La pintura e instalación del Castro de los años 80 enfatiza el tema de la violencia. Inspirada acaso por la exterminación de la población indígena en Cuba (de acuerdo a Luis Camnitzer en su libro The New Art of Cuba). La caída de Icaro en la Segunda Bienal de La Habana (1986) o Los lobos y el hombre (1988) del artista acusan una inspiración neoexpresionista. Son figuras en eclosión, casi-aliens, desnudas, andróginas, provocadoras. En aquel entonces Castro dijo: “La violencia es el arma más elegante”.

Una vez en París su lenguaje se hace más dúctil y abstracto. La violencia cede, se transmuta en una mítica subjetiva. Es casi-grafía pictórica solipsista. El otrora híbrido producto del desborde (de la instalación) se condensa e interioriza. La obra se hace menos teatral y más psicológica. Las caras desaparecen y lo andrógino se hace animal. Los grupos humanos se disuelven; los torsos se metamorfosean.

Durante los años 90 hubo aspectos de esa referencia simbólica en Castro que no cuajaron. ¿Por qué? No le sería fácil al artista sintetizar ese estilo de violencia en una capital europea con ecos de famas perdidas, donde el otrora potente neoexpresionismo ochentoso del contexto cubano se diluía en el pop de la llamada Figuration Libre. Acaso intuía el pintor que el neoexpresionismo como discurso pictórico estaba agotado.

Esa búsqueda de la figuración mítica (de Castro en París) puede explicarse con la ayuda de Roland Barthes. Según el pensador francés, la abstracción del mito trae consigo cierta subjetivización e interiorización del placer. De ahí que la pintura castriana de los años 90 tempranos (donde el símbolo del caracol deviene en cifra exegética) ha sido descrita por otros críticos como ”sensual”, pero a expensas de cierto extrañamiento (¿socio-político?) de la sensualidad misma. De hecho, otra exiliada del comunismo en París, la artista yugoeslava Rasa Todosijevic, pocos años antes, declaraba en su manifiesto ¿Quién gana con el arte?, algo que le hace paralelo: “Lo difícil es crear cuando el contexto real desaparece y se imponen las íntimas fronteras”.

Inmediatamente después de la crisis de los balseros de esta década, la obra de Castro da un giro. Es como si el pintor regresara a su raíz mitológica hacia un temática más cercana –1999 le trae otro exilio al sur de la Florida.

En Miami Castro retoma la instalación en su The Wailing Wall de 2001 y The Bait y The Hunter, ambas de 2003. La imagen del minotauro parisino sufre una transformación a la inversa: Ahora es hombre con patas de toro. Aparece nueva protagonista: la mujer. El balsero se existencializa –y globaliza (en busca del norte). Las caras reaparecen, las figuras se multiplican. Surge la maleta como símbolo en la instalación casa/maletas Home Sweet Emoh.

Castro aprovecha la crisis post-capitalista global para implosionar lo político con lo económico. En nuestro presente distópico tanto el emigrante como el refugiado comparten un mismo paradigma. La pobreza y la falta de libertades tienen el mismo origen. La maleta, más que equipaje, deviene en la propia casa a cuestas.

Fábulas contemporáneas, con obras hechas entre el 2007-2008, manifiesta un desarrollo simbólico más maduro. La exhibición exuda una atmósfera poética donde lo real/natural evoca el ritual íntimo, lo que Valery llamara la plus vague, que es la representación del estado sonámbulo.

El show se mueve entre los tonos verde, rosado y azul. Y el pintor aborda la problemática existencial del sujeto, la pareja y la sociedad. Predominan el bosque, el agua (el mar), la edificación –alegorías incuestionables. En el símbolo remamos, jugamos a volar, a la guerra, esculpimos en árbol, y nos perdemos en el bosque. Hope muestra al balsero que guía su bote/árbol florecido en mar ralo de nadie. Babel es una torre zigurat de maletas, vista desde la altura; individuos allá abajo, minúsculos, asombrados, extraviados. Sailors presenta un grupo de hombres/botes caminando-navegando despistados en medio de la expansión azul del mar. En El bosque encantado siempre estamos rodeados, en medio de hombres-árboles. En medio de un mundo salvaje, existe la posibilidad de una reunión reveladora en Encuentro en el bosque.

La mujer desnuda, suspendida sobre la cama en medio del cuarto, el cabello largo colgando en The Journey, trae la invocación del poeta simbolista ruso Alexander Blok, cuando, dirigiéndose a la naturaleza/mujer dice: “`Feminidad eterna, elévanos”.

No es fácil mantener el mismo nivel de condensación entre tantas obras. Prefiero cuando el signo castriano se hace menos obvio, cuando habita lugares inauditos –y hasta chocantes. Lo impredecible de la superimposición y la extrañeza es en este caso la mejor arma de Castro.

Con el símbolo a cuestas, esta obra de Castro se mantiene lírica, vigente y arcana. Y no es para menos. Decía Mercia Eliade que el símbolo “puede llevarnos al aspecto más profundo de la realidad y la modalidad más oculta del ser”.•

‘Fábulas contemporáneas’ de Humberto Castro, hasta el 31 de octubre, ArtSpace/Virginia Miller Galleries, 169 Madeira Avenue, Coral Gables, (305) 444-4493, <www.virginiamiller.com>.

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